Memoria

12.09.2021

Sara Beatriz Padilla Núñez

Aguascalientes, Ags. México Estudiante de la Lic. en Historia de la Universidad Autónoma de Aguascalientes. He asistido a cursos impartidos por el ICA e INAH. Participante del taller de cuento del Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia 2021. Tercer lugar en concurso Talentos Universitarios 2019 en categoría de cuento. Locutora en Radio Universidad desde 2019 en el programa Ases Históricos dedicado a la difusión cultural. Miembro del comité editorial de la revista estudiantil Horizonte Histórico.

Hace unos años falleció mi amigo historiador, el único de esa profesión que conocía. Su labor consistía en husmear cosas ajenas y escribir sobre la vida de personas que tenían, por lo menos, cincuenta años de descomposición y tres metros de tierra encima.

- ¿Por qué chillan las cigarras?

- Porque es mayo y están llamando a la lluvia.

Xochicalco fue el objetivo para alguna investigación. Mi amigo y yo seguimos a un hombre con un dedo incompleto y una evidente cojera, mientras escuchábamos su explicación respecto a las figuras talladas en los templos y la acústica del lugar.

- ¡Niño, bájese de ahí! ¡He dicho que se baje! - gritó nuestro guía.

El pequeño nos observó y siguió saltando de un basamento a otro, poniendo especial atención en pisar las piedras más preservadas, disfrutando de los aullidos que proporcionaba nuestro guía. El pobre hombre comenzó a hervir del enojo y, tomando su bastón, emprendió una torpe persecución en nombre del patrimonio histórico. Luego de la escena que tenía riendo a una parte y enfureciendo a la otra, que concluyó con las lágrimas del niño luego de un bastonazo, reanudamos nuestra marcha.

Llegamos a la Pirámide de las Serpientes Emplumadas. Mientras observábamos las figuras talladas en el edificio, un turista a nuestro lado mencionó:

- Han pasado mil doscientos años y no conocemos prácticamente ningún nombre de los que habitaron aquí. Quizá en mil doscientos años más los nuestros serán borrados para siempre.

El rostro de mi amigo se ensombreció, su mirada se dirigió al vacío y comenzó a mover las manos con espasmos desmedidos.

La angustia por quedar en el olvido lo consumió desde el inicio de su carrera. Constantemente pensaba en las evidencias que debía dejar para que los historiadores del futuro le siguieran la pista. Escribía cartas innecesarias a personas importantes para demostrar sus buenas relaciones, se cuidaba especialmente de no cometer errores ortográficos para que no lo tomasen como ignorante y trataba con cuidado los trazos de sus letras, por si acaso en el futuro la grafología fuese tomada más en serio. Le interesaba poco la vida o la nada después de la muerte. Le abatía bastante morir y no ser recordado; por algo era historiador y no filósofo.

La cosa empeoró cuando encontró a un compañero de facultad en el periódico con el encabezado: "Desconocido muere en parque infantil". Junto a la nota, una foto del rostro sin vida para que fuese identificado. Un desconocido.

-Hola Natalia, ¿cómo va todo? - dijo al teléfono.

-No me quejo, hace rato que no me llamas, ¿está todo bien?

-La verdad me he topado con una noticia muy impactante: nuestro compañero, Luis, ha fallecido.

- Mmm... ¿quién?

Colgó. Estaba turbado, de nuevo la sombra le envolvió el rostro e imaginó su propia desaparición del mundo. Se preguntó si realmente su labor tenía alguna finalidad: libros que serían quemados, palabras que quedarían borradas, los sobrevivientes estarían sosteniendo puertas evitando sus azotes o simplemente terminarían en la basura.

Estaba oscuro cuando salió a caminar para luchar contra la ansiedad, llegó hasta el parque donde su amigo desconocido había sido encontrado, se echó en el pasto, miró el cielo y pensó que esa era la única vista que el humano no podría estropear y olvidar. Vio la luna y al conejo que se asomaba en ella todas las noches. Cuando era niño su padre le había contado la historia de Tecuciztécatl y Nanahuatzin, de cómo el conejo llegó allí. Ese animalito parecía el único que con seguridad viviría lo que resta de existencia humana. Esa leyenda apareció hace más de mil años, su padre se la había contado hace treinta y él seguía relatándola a sus sobrinos en los campamentos. Era la única forma de no hundirse en el olvido: quedar marcado en el cielo. Por desgracia, ya era lo suficientemente mayor para convertirse en astronauta y sólo le quedaba una opción conocida para llegar allí.

Una nota en el periódico anunció "Fallece el historiador...", con fotografía en vida y semblanza curricular. Ojalá hubiese pospuesto su suicidio para mostrarle lo bien identificado que estaba. No sé si algún historiador del futuro le vaya a seguir la pista, pero por lo menos quedará este relato, no durará mil doscientos años como hubiese querido, pero quizá se salve del olvido un par más.

Granuja revista / 2021
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