Los xoloitzcuintles

07.09.2021

Carlos Gael Escobarete Ávila 

(Ciudad de México, México. 6 de julio de 2004). Estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria Plantel No. 9, UNAM. Ha publicado poemas en revistas como Ibídem, Collhibrí, Perro Negro de la Calle, Revista Literaria Pluma, Estrépito, Sierpe, etc. Aspirante a escritor, ojalá.

Entonces la señora se hallaba frente al tumulto, llorando palabras, esbozando lo mucho que había sufrido a causa de esos niños. La gente lloraba igual, pero no palabras, sino desesperanza. Fue así como en bola todos corrieron hacia el judicial, que se encontraba deteniendo a un borracho. Bastó ver al pópulo para que sintiera como se le subían a la garganta los temores, quizá pensando que le cobrarían una de las tantas fechorías que ha hecho en su labor de protector. Pero no era para nada así, era algo peor. La señora lideraba a la gente y con una voz que viajaba a través de la tristeza y el enojo logró hacer un boceto de lo que tanto quería gritar.

-Que me los han matado, a todos, sin dejarlos respirar, sin dejarlos gritar un último adiós, no quedó más que un mito de ellos.

-¿A quiénes?

-A mis hijos.

-¿Y quiénes?

-Los escuincles.

Fueron a recogerlos uno por uno, tocando en el hogar de cada niño, rogando a sus padres les dejaran salir para que pagaran lo mucho que habían de pagar. Ya a través de gritos, de palizas, de orejas moradas, pero cada uno de los culpables atendió al llamado ante la más justa.

Allí se encontraban, con el sol siendo tapado por las pesadas nubes, sentados en unas sillas de plástico frente a un juez improvisado en un juicio improvisado, ya que casos así nunca se habían visto en este lugar, por lo que nunca se necesitó.

El juez miraba con unos ojos tan duros que con solo percibirlos sentía uno ya el frío de las rejas de una prisión. Los observaba mientras escuchaba atentamente la historia que tenía que contarle la señora, que solo emitía versos en su oído. Al terminar ella su relato, se mordió una uña mientras pensaba en lo que se debía de hacer a continuación. No quedaba de otra que escuchar atentamente la versión que tenían que dar los cuatro niños, y así que el jurado escogería dónde habrían de morir esos niños, si afuera o adentro.

"Es que fue todo tan rápido, observé a los ojos a los dos hijos de doña Erendira y me dijeron que de ahí no salíamos vivos. Entonces, saben ustedes, uno debe defenderse como uno pueda, y de mi bolsa saqué una pistola que me encontré tirada en los escombros de una construcción, pero se me cayó del solo sentir poder"

"Qué tristezas me dan la muerte de sus hijos, pero se lo merecían toditito, hasta el desparrameo de sangre se lo merecían, incluso el miedo que uno sintió al ver que nomás ya no respiraban. Sentía que era yo el que petatiaba, pero por suerte no era yo... es que yo nomás cerré los ojos al escuchar el estruendo de aquella sorpresa, incluso los cerré ya cuando quedaron hechos un tiradero, y no los volví a abrir hasta que me llamaron a este lugar tan feo, y nomás los abrí porque me tropezaba en el camino"

"Es que olía a sangre, pero como sangre de rata, de esa que mató a palos mi padre cuando tenía apenas cinco años. Los mató porque nos tenían rodeados, que disque porque éramos los niños más feos y pobres del lugar, o algo así dijeron. Entonces sacaron una como navaja que apestaba a verdad. Pero qué pudimos haber hecho más que burlarnos, si es que los vimos agarraditos de la mano caminando hacia su casita, de tan solo percibirlos me hirvió la sangre y sentía como de mis ojos salía un vapor fulminante, hasta me duele el horno".

"Sí, a sus hijos yo los maté, y lo hice nada más porque me vino en gana, pero eso yo sé, jurado, que suena muy sin chiste y aburrido, por eso les daré una razón divertida. Yo a sus hijos los maté porque se metieron con mi mejor amigo, que ahora yace sobre escombros de piedra, en un lugar que solo sabían ellos y ahora nunca sabremos nosotros. Que nos vieron un día comiendo de la misma torta, compartiendo del mismo refresco, abrazados del mismo corazón y ellos, esa misma noche que nos separamos decidieron acabar con todo lo que apreciaba, desde ahí mi corazón se volvió tezontle, se marchitó y nada más pensé en marchitar la de ellos. Por eso cuando a mi amigo se le cayó la fusca, fue solo de un movimiento cuando los dejé, como dijo usted, hechos un mito".

El juicio duró alrededor de cuatro horas porque nadie sabía bien qué hacer con todo. Por un lado algunos lo veían justificado, por el otro no. Otros pensaban que niños tan pequeños no podían echar a perder lo que les resta de errores, pero es que habían hecho lo que ni el adulto más enfermo se hubiera atrevido. Nadie del juzgado improvisado conocía su juicio, no lo sabía el lechero Juan, la cartera Elena, ni el arriero Pedro. Y es que nunca había pasado algo igual.

De tanto hablar, de mirar a los ojos y tentar el corazón vacio de los cuatro niños, fue que deliberaron en darles el perdón de Dios, darles la última oportunidad que se les presentaría ya nunca más. A costa de los chillidos repletos de furia y depresión de la ya abandonada madre, y que lo seguiría siendo por lo que le quede de vida.

Al escuchar el veredicto hecho, los niños se levantaron aliviados ya no por la nueva oportunidad de rectitud, sino porque simplemente no les daban ganas de recibir más regaños por la vida. Se abrazaron sin soltarse en lo que el resto de miembros del juicio improvisado iban yéndose poco a poco. Quedándose juntitos, sintiendo la paz recorrer su cuerpo como de una carga eléctrica. Y antes de irse clavaron al mismo tiempo sobre la desolada madre la mirada que solo había visto antes en su vida en un coyote que se encontraba tragando a una de sus gallinas.

-Es que aquí así son las cosas -le dijo el padre del pueblo- A uno le queda resignarse.

-¿Pero por qué la vida tiene que ser tan injusta? ¿Dónde estarán ahora?

-Tenga por seguro que los escuincles los guiaron a un lugar mejor

-¿Los quienes? -le gritó la alucinada madre, que no sacaba de su cabeza la mirada animal.

-Los Xoloitzcuintles, señora, le dije los Xoloitzcuintles. ¿Que no conoce esa leyenda?

Granuja revista / 2021
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